Manuel Rivas - Alberto Romero Gil
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Manuel Rivas

Las llamadas perdidas es el título del libro, de Manuel Rivas, que Ana está leyendo estos días. El libro consiste en un total de veinticinco historias cortas, totalmente inconexas, excepto por la mirada astuta, socarrona y profunda de su autor.

La semana pasada Ana me leyó parte de la octava historia, titulada La confesión, que me gustaría compartir, pues me parece absolutamente genial.

LA CONFESIÓN

¿Qué le dices? ¿Qué le dices a un chico cuando él se te arrima mucho?
Le digo que no se arrime tanto.
Pero, si él te gusta, ¿verdad?, dejas que se arrime algo.
Algo. Algo, sí.
¿Cómo de algo? ¿Mucho?
¡No, mucho no!
Y en ese algo que tú dejas que se arrime…
¡No, si yo no le dejo!
Has dicho que algo sí.
Un poco. Sólo un poquito.
En la confesión no se miente. Recuerda que estás hablando con Dios. ¡Cuéntale a Dios la verdad! Después te sentirás mejor, más limpia. ¡Ya verás! Dime, dime una cosa: En ese poco, ¿tú notas su cuerpo?
¿Su cuerpo? ¡No, su cuerpo no!
¿No sientes sus brazos?
Sí, sus brazos sí.
¿Y sus hombros?
También.
¿Sus piernas?
A veces.
Cuando es muy lenta la música, ¿no sientes su rodilla abrirse camino entre tus piernas?
Yo no dejo que abra mucho camino.
Pero ¿cuánto dejas?
Un poquito, ya le dije.
¿Y las manos? ¿Dónde pone él las manos?
Es un baile de pareja.
¿Dónde las pone?
En la cintura.
En la cintura, ¿dónde?
¿Dónde va a ser? En el talle, en la cintura.
Ya. Pero ¿más arriba o más abajo?
Por el medio.
¿Y no baja? ¿No baja a veces la mano?
A veces, la baja. A veces, la sube.
¿Y tú lo dejas subir y bajar?
Un poco. Para cambiar de postura. Pero sin pasarse.
¿Qué haces si se pasa?
Ponerle el freno.
¿Cómo lo frenas?
¡Me pongo tiesa!
Pero, si él insiste, y si él te gusta mucho, mucho, ¿no te rindes? ¿No cedes?
¡No padre! Tengo la tentación pero me aguanto.
¿No te dejas ir aunque sólo sea un momentito?
Puede ser. Un momentito, sí.
¿Y qué notas en ese instante?
Su corazón.
¿Seguro que no notas nada más?
No. Sólo su corazón.
¡Retumba!
¿Retumba?
Sí, retumba.
Dime una última cosa. Si cuando lo frenas, él sigue adelante, ¿entiendes?, él persevera ¿tú qué haces?
Le digo que no me trepe.
¿Qué es lo que le dices, muchacha?
¡No me trepes!
Repítelo, repítelo, por favor.
No me trepes.

Se había entretenido Había entretenido en la casa de las costureras. Se rieron con ganas, hasta llorar de risa, cuando ella les fue desvelando la confesión.
COSTURERA 1: ¡Pobre! ¡Se enamoró de ti, marisa!
COSTURERA 2: ¿Enamorarse? Ese cura nuevo es un vicioso, ¡te lo digo yo!
COSTURERA 1: Lo que pasa es que se aburre con las papa-hostias. Cuando pilla a alguna moza, no quiere soltarla.
COSTURERA 2: Y tú, ¿por qué no le paraste los pies?
Lo pensé al principio, dijo Marisa. Pero después… No sé. Fue como ponerse a jugar con él a las palabras. (…)

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