La mirada lúcida - Alberto Romero Gil
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La mirada lúcida

El pasado 28 de diciembre de 2008 el dominical de ABC dedicaba la portada y su entrevista a Antonio López, con la excusa del cuadro de la familia real que en breve el pintor entregará después de 15 años de trabajo.

Siempre he creído que a parte de la maestría y genialidad de su pintura, una de las grandes cosas que ofrece Antonio es su lucidez, y esta entrevista es un claro ejemplo. Aquí os la dejo y ya sacareis vosotros vuestras conclusiones.

ENTREVISTA

Una lección magistral –del arte y de la vida- en el estudio del pintor, justo cuando su esperado retrato de la familia real «está al caer», dice. «Quizá, en estas Navidades.» Llano, sencillo y más contundente que nunca. Un lujo de excepción para acabar, bien, 2008.

Él, además, como no tiene mal carácter, las dice sin crear conflictos. Los años tampoco le han quitado la ilusión de seguir trabajando. En la visita a su estudio, nos recibe en su cocina-santuario, rodeado de imágenes fotográficas de sus amores: su mujer, las esculturas del Partenón, una cabeza de una infanta de Velázquez, Nefertiti, los Cristos de Velázquez y Zurbarán, los frescos de Pompeya, cabecitas de su nieta… Cree que su generación, muy poco viajera, domina la interpretación de la fotografía y quizá por eso se ha atrevido a pintar un retrato de la familia real (en el que lleva más de 15 años trabajando) a partir de varias instantáneas. Impresiona su independencia de criterio, su franqueza y lucidez, la imperturbable y humilde aceptación de las críticas y el señorío de quien está tan en su sitio que no duda en pedir perdón si cree que es necesario. Su conversación es una lección tanto del arte como de la vida misma, con una sabiduría callada que es privilegio de pocos.

XLSemanal. El otro día leí una frase suya sobre Madrid, el tema central en su obra, que me sorprendió. Decía que la capital «le interesa, pero que no le gusta».

Antonio López. Hombre, claro, el infierno seguramente es muy interesante, pero para vivir… No lo sé. Las ciudades grandes son todas infernales. De todos modos, esas cosas no las eliges. Yo me encontré en Madrid en el año 49 para preparar mis estudios de Bellas Artes. Y aquí he seguido. Las grandes ciudades son un error de nuestra cultura, de nuestra época. En ellas no se puede vivir bien.

XL. Creo recordar que para venir a Madrid necesitó la ayuda de su tío, también pintor.
A.L. Mi tío convenció a mi padre. Ahora lo pienso y digo: «Qué barbaridad, qué valor tuvieron mis padres para dejarme aquí a los 13 años».

XL. ¿Cree en la vocación?
A.L. Yo soy un ejemplo de vocación. ¿Cómo no voy a creer en ella? La mayoría de la gente no tiene un apego a hacer nada. Trabaja en algo que le da de comer y sueña con jubilarse.

XL. ¿Le gustaría morirse pintando?
A.L. Yo pienso en pintar, pero en morirme, no. Trabajo con un interés enorme. Y sigo soñando con empezar nuevas cosas.

XL. ¿No tiene momentos de crisis?
A.L. Sí. Los supero tomando un poco de café y aguantándome. Hay que acostumbrarse a esos momentos de desaliento; si no, abandonarías a los hijos, a la mujer, el trabajo, tu país… Hay que tener paciencia.

XL. Su mujer, María Moreno, es pintora, ¿le critica?
A.L. Mari es muy guapa, tiene mucha belleza y mucho encanto. Nos hemos llevado siempre muy bien. A mí me parece una ventaja que también ella sea pintora y está muy contenta de que yo tenga más éxitos, de que yo tenga un poco la voz cantante en ese sentido.

XL. Llevan 47 años casados. ¿Le ayuda ella a poner los pies sobre la tierra?
A.L. Nos ayudamos a todo, a poner los pies, a quitarlos…

XL. Usted puede estar años trabajando en una obra. Tendrá que decidir muy cuidadosamente lo que va a pintar, ya que sabe que va a estar en ello muchos años.
A.L. La ventaja del pintor es que lo único que invierte es su tiempo. De manera que si la pintura o la escultura que estás haciendo te deja de interesar, la abandonas y no pasa nada. Eso no lo puede hacer un arquitecto, que no puede dejar un encargo. Ni un cineasta, un actor, un director. Se `joroban´ y continúan. Nosotros, sin embargo, lo dejamos y nadie se entera. Trabajas con una libertad extraordinaria en ese sentido.

XL. ¿En qué momento sabe que ha terminado una obra?
A.L. Hay muchas cosas que te pueden hacer ver que ya tienes que dejarlo: que tú te canses, que no te guste bastante y notes que no puedes continuar, que los que están esperando ya no quieran esperar más… Entonces, tú aceptas que se quede como está. Hay muchos motivos. Entre ellos, que notes que has llegado a tu tope, a tu límite. Sí, eso también pasa. Pero muchas veces ocurre que te cansas o se cansan los demás. Se crea un cerco de dificultades que te lleva a elegir poner el punto final.

XL. ¿Alguna vez alguien se ha llevado un cuadro terminado y, después, un año o dos más tarde, a usted se le ha ocurrido ir a retocarlo?
A.L. Tiene que estar bien acabado un niño cuando nace. Tiene que estar bien acabado un piso cuando te vas a vivir en él. Pero un trabajo humano de estas características podrías continuarlo casi siempre, sin mayor problema.

XL. ¿Cree usted que es pertinente hablar de belleza hoy en día a la vista de cómo ha evolucionado el arte? Cuando hablamos de belleza, ¿de qué hablamos?
A.L. Las mujeres y los hombres se quitan y se ponen pelo, se afeitan, se ponen labios, se ponen pechos, se ponen culo, se quitan culo. No se hace casi otra cosa. Ahora más que nunca, parece que el hombre sabe lo que es la belleza, lo que es atractivo. Y eso pasa en el arte también. Lo que ocurre es que no es una belleza, en el caso del arte, reglamentada, como en el Renacimiento.

XL. ¿Qué tipo de belleza tiene usted en la cabeza? ¿Es un ideal de belleza más conceptual que estético?
A.L. La belleza tiene más que ver con la verdad que con un canon. Antes no era así, en el siglo XVII, en el XVIII… Ahora, lo que todos buscamos es que aquello transmita veracidad. Pase lo que pase, aunque sea aparentemente feo o no sea muy agradable. Cuando Van Gogh hacía su bota, no creo que la mostrara porque fuera bella, eran unas botas viejas. Lo pintaba porque le parecía que tenían emoción, que podían transmitir algo.

XL. ¿Cree que es a partir de Marcel Duchamp cuando se produce ese cambio en la historia del arte?
A.L. Velázquez es muy anterior a Marcel Duchamp, y mucho mejor. Ya Velázquez buscaba la verdad. ¡No me hables de Marcel Duchamp! Como si él se lo hubiera inventado. ¡Que no, hombre! Que una escultura egipcia puede tener una veracidad extraordinaria. No me quieras convencer ahora [ríe]. Yo no pienso en Duchamp nunca, la verdad. Me las arreglo sin él. A lo mejor hago mal, nunca se sabe, todos somos incompletos.

XL. ¿Qué le pasó en aquel viaje a Italia cuando fue a buscar a los renacentistas italianos y se llevó la gran decepción? ¿Qué fue lo que le decepcionó?
A.L. No lo sé. Lo vi muy joven, junto con mi amigo Francisco López. No sé qué idea nos hicimos de lo que era aquello. Algunas cosas que desdeñé entonces, cuando las he vuelto a ver, me han parecido realmente buenas. Creo que te puedes equivocar antes, mientras y después. El aprendizaje es una constante rectificación del camino, tú vas en una dirección, pero siempre estás rectificando.

XL. Supongo que todo le influye, la televisión, lo que observa por la calle, otros artistas. Siempre leí que Dalí había sido una gran influencia para usted.
A.L. Mucha, pero no… La influencia primera y poderosa fue Grecia, a través de un museo que había de reproducciones aquí en Madrid. Yo fui a dibujar allí durante meses. Allí conocí, en reproducciones, el arte griego de la escultura, y me impresionó muchísimo. Dalí vino después. Lo primero fue Grecia, me resultaba más fácil de entender que la obra de Velázquez o de Goya. Me sorprende la manera en que de tan joven conecté con el arte antiguo.

XL. ¿Tiene pintores favoritos?
A.L. Claro. Según la década, podía dar una lista distinta; irían apareciendo y desapareciendo nombres, aunque algunos siguen siempre. Leonardo me ha parecido un artista maravilloso. Le he sido fiel siempre. Me resultó fácil comunicarme con él y siento lo mismo ahora. Es como un deslumbramiento que comenzó nada más verlo. Velázquez resultó muy difícil; Goya, también. Picasso, fácil.

XL. ¿Qué le dice a la gente que piensa que no hay evolución en su obra?
A.L. Pues no lo sé, será así. Yo creo que eres mucho lo que tú sientes y, también, lo que los demás dicen. No hay que corregir nada, está bien, será así.

XL. ¿Qué pasa con el retrato de los Reyes y sus hijos?
A.L. Estoy en ello, es un cuadro que he abandonado y he vuelto a retomar y se ha alargado muchísimo la ejecución, demasiado. Pero creo que ahora sé más que cuando me lo encargaron, y lo haré mejor. Ahora miro mejor.

XL. Debe de ser un reto enorme para que hayan pasado más de 15 años en el proceso.
A.L. Sí, sí lo es. Porque rebasa los límites de lo que es tu propio criterio. En la mayoría de los cuadros basta con que te gusten a ti. En este caso, es un poco como el trabajo de un arquitecto que tiene que gustarle también a los que van a vivir allí. Es un encargo de unas personas que nos importan mucho a todos y que todos conocemos. Los Reyes no están allí mirándome cada día diciéndome su opinión. Pero yo me pregunto qué pensará ahora la Reina o la Infanta Elena o el Príncipe, ¿le gustará la cara que le estoy poniendo? Estoy todo el tiempo pensando en eso.

XL. ¿No han querido posar?
A.L. No se lo he propuesto. No se les puede pedir a los Reyes tenerlos allí, a tu disposición, todo el tiempo que necesites. Eso es impensable dada mi manera de trabajar. O lo hago así, a partir de fotografías, o no lo hago. Lo tuve claro, tenía que hacerlo de esa manera o renunciar.

XL. ¿Ha ido al Prado a ver a los antepasados del Rey?
A.L. Hay dos retratistas de reyes españoles muy grandes, Velázquez y Goya. Son una gran referencia. Porque tenían un gran amor a la verdad y, a la vez, una actitud solidaria, más que respetuosa, solidaria con el modelo. Sobre todo, Velázquez. Y a mí eso me vale mucho.

XL. ¿Usted la tiene también?
A.L. Me gusta esa actitud. De poderlo elegir, es la actitud que elegiría; otra cosa es que yo tenga esa capacidad.

XL. Si pudiera pedirles algo, ¿les pediría que posaran?
A.L. A veces, si fuera fácil, si fueran personas accesibles, les pediría venir una tarde porque me gustaría ver cómo tienen los ojos, exactamente el color. El color de la piel, de las mejillas, de las orejas, del pelo… A veces, lo pienso, lo siento. La fotografía te da muchas cosas, pero te hurta la precisión del tono, el último matiz. Eso lo echo de menos. No se puede tener todo. Tengo, sin embargo, todo el tiempo, unos gestos que pusieron en un momento determinado, que es el punto de partida para trabajar.

XL. ¿Le dieron a usted algún tipo de instrucciones?
A.L. No comentaban apenas nada, pero el Rey dijo algo así, creo recordar, que quería «que los retratara como una familia española más». Eso es algo que tengo en cuenta. En otra época, los reyes no tenían que decir nada, estaba claro cómo el pintor tenía que hacerles el retrato. Ahora, el Rey te lo tiene que decir, porque no tenemos muy claro cómo tienen que ser los retratos de los reyes hoy. Y la verdad es que yo tenía un gran interés en hacer, justamente eso, una familia española.

XL. ¿Le ha puesto fecha ya? ¿Ya hemos cambiado de octubre a…?
A.L. Pienso en las Navidades.

XL. ¿En las Navidades? Entonces, ¿está al caer?
A.L. Está al caer.

XL. Ésta es la noticia del día.
A.L. No, no. Yo no lo doy como noticia, lo doy… Siempre piensas en una fecha. He pasado de octubre a Navidades, vamos a ver.

XL. ¿Cómo va con la serie de los seis cuadros de la Gran Vía?
A.L. En cuanto acabe con el retrato real volveré a ellos. Los hago a la vez. Con mucha relación entre ellos. Están hechos desde la quinta o la sexta planta.

XL. Cuando pinta a pie de calle, ¿qué pasa con la gente?
A.L. Me gusta estar con la gente. Es una experiencia que yo viví con mi tío, que trabajaba del natural. Se iba al campo, iban a verlo… En fin, el pintor, entonces, como el herrero, o como casi todos los oficios, se hacía entre la gente. Recuerdo en el pueblo estar con las puertas abiertas y veías a los zapateros, a los carpinteros, a la señora barriendo la calle. La vida la veías con el trabajo.

XL. Usted es el artista español vivo que más alta cotización ha tenido. ¿Qué le han parecido los récords de la subasta de Damien Hirst?
A.L. El arte es algo tan antiguo como el hombre. Y ha sobrevivido adaptándose a las épocas. Vivimos en una etapa en donde el dinero tiene una presencia brutal, también la tiene el deporte. Yo no creo que el deporte tenga tanta importancia como para hablar de tantos millones como se habla ahora. Antes se vivían de otra manera las cosas. Yo lo que veo gravísimo es que no te quieran, que no te necesiten y que no te `comas un rosco´. Eso me parece dramático. Es lo que vivió Van Gogh, un drama que acabó con su vida. Lo otro son cosas circunstanciales. Si cambian las circunstancias y la situación se pone difícil, las fiestas acabarán. Pero el arte siempre interesará, siempre se protegerá al artista y se lo alimentará, como al médico. Cuando la sociedad necesita algo, actúa de modo que esa persona esté disponible para hacer ese trabajo. Al pintor de Altamira le llevarían algún trozo de carne los cazadores, porque lo tenían allí trabajando. Yo creo en eso. A lo otro no hay que darle importancia.

XL. ¿Qué piensa de la cúpula de Barceló?
A.L. Las cosas hay que verlas. Puedes tener muchas simpatías, antipatías, sentimientos, sensaciones a partir de lo que te dicen, de lo que ves en la prensa, pero las cosas hay que verlas.

XL. ¿Y sobre la polémica que se ha creado alrededor con el tema de su financiación?
A.L. Yo no le doy importancia a eso. Porque si lo vale, dentro de nada se va a hablar de ella como de El Escorial, de algo que tiene valor para todos. Si el dinero ese había que haberlo gastado mejor en esto o en lo otro… todo se puede decir, pero todo se olvidará.

XL. Usted ha dicho que «el arte mejora la vida».
A.L. Sí, la mejora. La mejora como espectador, muchísimo. Yo sé mucho más después de tener la experiencia que he tenido como espectador del arte. Y también me ha mejorado la vida como trabajador del arte, muchísimo. El arte mejora, el arte bueno, naturalmente.

XL. Al otro, ¿no lo llamamos arte?
A.L. Sí, hay que llamarlo también arte, pero es un arte corrompido y eso no mejora la vida.

XL. ¿Le parece que el arte es un antídoto para la crisis?
A.L. Para la vida, para las dificultades de la vida. Yo no sé si para la crisis. Yo creo que en las crisis lo que nos sacará del atolladero, no va a ser el arte. Será la ciencia, serán las cuentas que haga la gente que sabe y que nos diga: esto es lo que hay, el capital que hay, a ver qué hacemos. Yo creo, como Baroja, que la ciencia es la que va a decidir las cosas, si la sociedad actúa con juicio. Alguna ciencia, claro, porque también hay una corrupta. Ésa es peligrosísima, más que el arte todavía.

Ana Domínguez Siemens

Año 1995. López prueba variantes para su retrato de la Familia Real, pintado basándose en varias fotografías y encargado en 1993.

La verdad del cuadro más esperado

Lo que dice Antonio López…
«Lo comencé en 1993, basándome en unas fotografías tomadas en dos sesiones con la familia real. La primera sesión, en la Zarzuela, no fue bien –era por Navidades, el día estaba nublado– y yo necesitaba las fotos con luz natural: nada de focos. Hicimos entonces una segunda sesión en mi estudio, que fue muy bien. El cuadro, sin embargo, no parte de una sola foto, sino de varias: es un collage. Rescaté unos detalles de aquí y otros de allí. Mide tres metros por cuatro y medio de largo –el más grande de los míos– y está pintado al óleo sobre un lienzo de lino grueso, muy resistente, que preparé yo mismo. ¿Si se diferencia de otros trabajos míos? Difícil saberlo… Hablamos de un encargo, una oportunidad y un desafío para medir mis límites: hasta dónde es capaz de llegar uno cumpliendo con los otros y siendo a la vez uno mismo. He intentado hacer de este encargo un cuadro mío, sin que mi presencia eclipsara lo que debía pintar. Un equilibrio sutil y difícil. He intentado, ante todo, que el cuadro no traicione una tradición que me antecede en esta temática. Y estoy muy tranquilo y feliz con lo que quedará. Esta experiencia pudo ser catastrófica y ha sido enriquecedora, apasionante. Ya pronto, espero, lo verán. No sé bien cuándo. Lo importante es que el cuadro quede bien.»

…Y lo que dice Patrimonio
Palacio Real todas las semanas –muchas veces, con su mujer; son casi parte de la geografía del lugar–, donde ahora se encuentra el cuadro. La presentación oficial de la obra depende de cuando él, no nosotros, lo sienta terminado. El 18 de diciembre de 2003 se firmó un acta administrativa de recepción: administrativamente, está pagado y recibido. Sucede que existe otra figura administrativa –el derecho moral del autor– que permite al artista modificar la obra cuanto lo considere necesario. Don Antonio está ejerciendo ese derecho. Cuando lo dé por terminado, el cuadro irá al palacio de Aranjuez.»

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