José María Mezquita - Alberto Romero Gil
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José María Mezquita

Paralelamente al curso que Antonio López impartía en Ávila, en unas aulas contiguas a la suya, otro pintor estaba haciendo lo mismo con otros 20 alumnos.

Para mí, Mezquita es uno de los grandes, y no sólo por su trabajo, si no por cómo lo lleva a cabo. Quizás lo que más me impresiona de él es eso, su modo de trabajar, tan peculiar y casi obsesivo. Cuando observas sus cuadros, en su superficie descubres como el pintor ha intentado ordenar el universo, creando toda una jerarquia de coordenadas que una vez se correlacionan surge la pintura. Su pintura es como la vida, un intento de ordenar el caos, la lucha de la ciencia contra el espíritu, la razón contra la locura, la matemática contra la magia, y sin que ninguna de ellas gane ni pierda. Definitivamente algo impresionante.

EXPLORANDO LA NATURALEZA DESDE UN TABURETE DE ANEA
José María Mezquita Gullón

Es como avanzar a través de una jungla, abrirse camino en una selva enmarañada; ya no es el frío, el calor o el lugar en el que uno ha de acomodarse, hacerlo habitable. Abrirse paso a través de una densa maraña, todo te estorba, te incomoda, las zarzas prenden en tus ropas, las ramas golpean en tu cabeza, y el piso es irregular y lleno de brusquedades y sobresaltos. Esto es diferente evidentemente a avanzar por una senda abierta y uniforme. Esto no tiene nada que ver con un camino transitado, ya conocido.

En realidad lo que estoy haciendo, o lo que he hecho hasta ahora, es iniciar un camino y abandonarlo, iniciar otro y cambiar de dirección; cada etapa, cada cuadro, es un camino más o menos largo; cambiar la técnica, corregir la técnica para acomodarla a las nuevas necesidades. Una vez, el predominio de la línea, un solo color; partir de la superficie del lienzo en blanco e ir acabándolo por zonas concluidas hasta ocupar la totalidad de la superficie del lienzo, o trabajar capa sobre capa de pintura, para luego superponer la geometría. Incorporación de la entonación con su predominio sobre la línea. No se trata de dar rodeos, se trata de explorar diferentes caminos que surgen como posibles. No significa que carezca de un objetivo claro, se trata de terminar con esta exploración y encontrar el camino que te lleva en línea recta hacia ese objetivo.

Cada camino nuevo emprendido significa (por supuesto partiendo de todo el acopio de experiencia acumulado) acoplar todos los medios técnicos a esa nueva táctica, a la que uno debe acomodarse, y afinar todos los valores que maneja, y esto en períodos de tres o seis mese. O más…

Uno de los problemas es la duración del experimento; lo ideal sería reducirlo a unos pocos días, para que las ideas que surgen puedan realizarse, de otro modo, al cabo de tres meses, las circunstancias han cambiado y la idea fresca puede haberse diluido. Pero la mecánica del proceso requiere mucho tiempo, más del que sería deseable. Esto tiene que ver con la tecnología artística, que no ha variado sustancialmente en muchos años, y de la que la industria no se ha ocupado, al menos de algunos de los aspectos más vitales que conciernen a aquellos que trabajan manualmente a partir de la realidad. En mi caso he tomado para mi uso habitual algunas herramientas creadas por la modernidad, que no estaban en absoluto previstas para estos fines.

La esperanza y cierta torpeza, son consecuencia de los continuos cambios, de la falta de continuidad en una única dirección, de la contradicción entre el orden y la libertad.

Pero eso implicaba cortar en seco el proceso seguido hasta ese momento. Traducir el mundo vegetal de manera forzada y mecánica, conducirla a “uniformar” el complejo mundo vegetal con un “estilo”, sin estar persuadido de haberlo entendido totalmente. No es lo mismo un árbol situado a cierta distancia en un paisaje abierto a plena luz, que las imágenes cercanas de las raíces que afloran en la penumbra. Así, que opté por seguir y proseguir con los procesos y análisis a partir del punto en el que se encontraban planteados.

Desde 1.983 y 1.984 á 1.999, el recorrido ha consistido en el siguiente proceso: Desarrollar todos los análisis y recorrer todos los caminos que surgían, y las posibilidades plásticas que presentaba cada nuevo tema, aplicando todas las experiencias anteriores. Lo que es indudable es que la conciencia adquirida en cuanto a los valores de la geometría y su capacidad expresiva, tenían que empezar ya a manifestarse en la imagen de cada obra. Pero la geometría se manifestaba de forma más evidente, en aquellas formas vegetales cuya estructura respondía a una geometría aparente.

Durante ese largo período, la nueva conciencia ha ido madurando, merced a la lenta asimilación de ese complejo mundo vegetal. Y es en el verano de 1.999 cuando se manifiesta sin mediar esfuerzo alguno, con fluidez, con la naturalidad de un alumbramiento espontáneo, que era esperado pero que sorprende cuando se presenta, sin que haya respondido a una fecha predeterminada.

Es evidente que se pinta, se investiga, con la ilusión y la esperanza de la culminación en un resultado, pero no se dispone de una idea, ni se tiene una imagen preconcebida del resultado. Y cuando surge esa imagen sobre el soporte, se reconoce que su identidad responde al ser y al misterio del mundo vegetal: ¡Esto sí, esto si es lo que esperaba!

A partir de ese momento comienza una etapa que podría llamarse de consolidación de ese proceso, pintando con la nueva conciencia de que era capaz de explicar de una manera no forzada la complejidad vegetal y mineral. Y evitando constantemente el riesgo, que para un pintor que parte de la realidad, tiene el tirón muy fuerte de la propia realidad, para reconducirte de nuevo a una representación literal, a costa de los sueños.

2004

Para poder trabajar todos los días, no basta con disponer de un cuadro para los días nublados, y otro para los días con sol. Hay otras variables muy frecuentes.

Busqué un tema que pudiera hacerse con cualquier tiempo (salvo la lluvia); que no influyeran ni el sol, ni las nubes, ni el viento, y la técnica de la acuarela, como procedimiento más flexible. Había elegido un tema con este fin. Pero hay que hacerlo muy cuidadosamente, para no llevarse sorpresas. Salí de casa, pero no me puse un jersey grueso, pensé que en el lugar en el que iba a pintar, en el fondo del valle, no haría excesivo frío; allí no llega el viento.

Está a unos ocho km. Al llegar, compruebo que no podré hacer nada; el sol nace justamente detrás del tema elegido, un contraluz. El frío es muy grande. Vuelvo a casa y me coloco un grueso jersey, y tomo la caja de óleo para un tema de días de sol, pensando en las encinas a unos catorce km. Al llegar, compruebo que el sol se ha nublado, y el viento mueve las ramas del árbol; así que sigo camino hacia un nuevo tema a unos veinte km. que días antes había estado estudiando, y aprovechando el papel en blanco que llevaba para el tema frustrado por estar a “contraluz”, y no poder proseguir con el árbol por el viento y el cambio de luz. Cuando llego es media mañana, caen los primeros copos de nieve arrastrados por el viento, y el cielo se ha ido cubriendo de nubes grises y transparentes, el sol aparece detrás, como un disco blanco, apareciendo luminosidades donde el velo de las nubes es más transparente.

Frío. El cuerpo se resiste a salir del coche… Coloco el equipo completo, y el papel retemblando sobre el soporte como una vela blanca; la nevada arrecia, pero no es densa. Empiezo a trabajar con una idea: situar sobre el papel las líneas del horizonte, y las líneas y puntos suficientes que fijen con precisión la situación del tema; una vez elegido el encuadre, fijarlo con precisión. Con esta operación realizada, concluida, no he perdido la mañana, he ganado una sesión. Esto es todo lo que puede hacerse.

La tarde
Pasé de largo ante la encina, pues a pesar del sol, el viento era fuerte.
Unas pocas líneas, pero algo empezaba a materializarse. El viento soplaba fuerte, es difícil tomar mediciones.

Recién entrado el invierno, en ésta época del año las tardes con luz son muy cortas, el frío es intenso, el viento no permite tomar mediciones más comprometidas, las masas más definidas son las que he podido trasladar; no voy a poder hacer mucho más, son las cinco y veinte en mi reloj, no voy a disponer de mucho más tiempo, la luz disminuye. Recojo sin prisa y sin pausa el equipo. Cuando acabo, la luz ha disminuido sensiblemente. Al día siguiente, cuando salí de casa, noté la fría caricia del viento en la cara, como un presagio.

Cuando llegué a la colina, la pista forestal estaba endurecida y helada; en las pequeñas huellas que dejó la máquina en la construcción de la reciente pista, se depositó el polvo blanco de hielo que no pudo arrastrar el viento, y también las colinas presentaban el mismo aspecto con el hielo depositado en los abrigos. El frío era más agudo que nunca. Una vez fuera del coche, por la inercia de la costumbre, coloqué el equipo en su lugar, me senté en el alto taburete y encendí un cigarrillo, es el ritual, pero debí refugiarme enseguida en el interior del automóvil.

Podría esperar a que avanzara la mañana y disminuyera el frío, que cesase el viento; pero eso previsiblemente no iba a ocurrir. ¿Qué podía hacer? Me acordé de una experiencia anterior, en la que de no ser porque se heló el color podría haber seguido pintando; el frío lo aguanto muy bien en los pies y las manos, pues aunque estén entumecidas, me basta con que puedan sujetar el pincel. Pero hoy el frío era superior, muy agudo, no habría podido mantenerme sobre la silla; las orejas se me congelaban, me las tapé con las manos; pensé que debía de haber traído un pasamontañas. Me acordé de que mi traje contaba con una capucha. Se me ocurrió hacer una prueba; vertí agua sobre la paleta, y la envolví con el pincel al color, enseguida se formaron cristalitos y a continuación un bloque de hielo. Esto despejaba cualquier posible duda. Era el momento de regresar a casa.

Al día siguiente me enteré por el pastor, que el termómetro había marcado diez grados bajo cero.

2 de diciembre 1.998
A parte del viento y las nubes, puede darse un día con un cielo despejado, en el que una sola nube se empeña en permanecer delante del sol media mañana, como para probar la paciencia; o bien un cielo poblado en su totalidad de blancas y algodonosas nubes, y el sol alumbra ininterrumpidamente sin el menor impedimento. Es muy difícil predecir antes de salir, antes de decidirse a salir de casa, si el tiempo permitirá hacer una elección de lo más conveniente. Podría pensarse en una tercera solución: llevar los dos cuadros, el de sol y el de días nublados. Lo que ocurrirá entonces es, que cuando coloques el cuadro para sol se nublará, y cuando después de haberlo retirado y colocado el de días nublados y te dispongas a proseguir, saldrá el sol. Esto es lo que me ha ocurrido. Así que cruzarse de brazos y a esperar. Quedarse en casa sería la opción más práctica. Pero así se corre el riesgo de que el cuadro quede sin concluir, si la naturaleza va más aprisa que yo.

Habrá días que haré cuatro rayas, otros más y otros el aprovechamiento de la jornada será total, completo.

Fresnos

Los fresnos son más frágiles al viento por sus ramas finas y sus hojas más delicadas que las encinas. Las raíces es el tema en el que sólo la lluvia impide el trabajo, pues están situadas en la penumbra de una bóveda vegetal, en una trinchera, fuera del alcance del viento.

El tema vegetal de las raíces está a unos ocho km. Por la mañana cuando llegué estaba todo blanco, helado. El agua se congeló en el recipiente de porcelana, pero pude seguir dibujando porque el tintero no se helaba el dibujo a tinta de línea no es tan exigente como la acuarela, así que con alguna dificultad pude proseguir. Pensé que si aplicaba la tinta con una brocha grande podría helarse sobre el papel. Pero cuando el dibujo estuvo a punto, el termómetro marcaba por encima de cero grados. Desde hace algún tiempo el termómetro forma parte de mi equipo habitual.

Por la tarde, seguí con un nuevo dibujo. Hacía un cielo despejado y un sol radiante. A última hora, poco antes de ponerse el sol terminé de dibujar, pensé que me daría tiempo a aplicar la tinta, antes de que la falta de luz me impidiese seguir, y empecé los preparativos, pues el acto de aplicar la tinta con la brocha lleva poco tiempo. Tendí con la gran brocha la tinta sobre el papel, en posición horizontal, y esperé a que lo absorbiera. Pero antes de que esto ocurriera, el hielo tomó el protagonismo, y una serie de formas cristalinas se fueron extendiendo por el papel en toda su superficie. Me gustó el efecto, y como temí que al descongelarse desapareciera, lo llevé horizontal hasta el coche.

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